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La versión impresa fue
elaborada por el Instituto de la Paz y los Conflictos de la
Universidad de Granada, bajo la dirección del Doctor
Mario López Martínez
Al mismo tiempo, se necesita también una cierta igualdad
de oportunidades, para garantizar que cualquier persona pueda
tener la posibilidad de realizar los proyectos y alcanzar
los puestos que su capacidad y su esfuerzo le permitan. Y
para ello es necesario que la sociedad disponga los medios
de infraestructuras, de medidas educativas, de políticas
sanitarias, etc., que sean pertinentes en cada caso. De lo
contrario, las libertades mencionadas anteriormente serán
papel mojado, puesto que las diferencias en el punto de partida
de cada cual (unos con facilidades económicas familiares
y otros sin ellas), tenderán a mantenerse y a agrandarse.
Si la igualdad de oportunidades no se toma suficientemente
en serio, el resultado será que muchos ciudadanos se
sentirán marginados y excluidos, con el consiguiente
deterioro de las libertades y de la convivencia en general.
Por otra parte, la igualdad implica también una misma
posibilidad de acceso de los ciudadanos al empleo y a las
prestaciones sociales básicas. La igualdad de acceso
es una implicación de la propia igualdad de oportunidades,
pero también es un tipo de igualdad específico
en la medida en que con ella no se trata sólo de garantizar
la igualdad de oportunidades, sino también de reconocer
que, incluso en los casos en los que un ciudadano estuviera
completamente incapacitado para cooperar con los demás
en el florecimiento de la sociedad, todavía se le reconocería
la igual dignidad de ser humano, y en consecuencia se le reconocería
el mismo derecho que los demás a acceder a prestaciones
sociales que a menudo son imprescindibles para la supervivencia.
En cuarto lugar, la convivencia entre grupos diferentes no
sería posible sin cultivar el valor de la solidaridad
cívica universalista. La solidaridad va más
allá de la mera cooperación, porque ésta
normalmente es un toma y daca en el que cada uno coopera con
otros sabiendo que los demás van a cooperar con él,
para finalmente obtener un beneficio mutuo. En cambio, la
solidaridad es una suerte de altruismo a fondo perdido. La
actitud solidaria es ayuda gratis, sin esperar nada a cambio
y ha de ser universalista, esto es, abierta a todos sin discriminaciones
arbitrarias, pues de lo contrario se convierte en corporativismo
excluyente. La solidaridad cívica universalista se
muestra necesaria para que la igualdad, la libertad responsable
y el respeto a los que nos hemos referido anteriormente se
puedan realizar sin exclusiones.
La solidaridad cívica universalista se puede ejercer
de muchas maneras, tanto individual como socialmente. Y tanto
desde la administración pública como desde las
múltiples organizaciones solidarias, mal llamadas ONG's,
que la iniciativa ciudadana ha puesto en marcha con objeto
de ayudar a las personas en apuros. Lo esencial, en cualquier
caso, es que se ponga atención a que se ejerza de modo
altruista y universalista, pues de lo contrario se estará
cultivando otra cosa distinta a la solidaridad.
En quinto y último lugar, la convivencia pacífica
entre los grupos diferentes exige diálogo cívico,
exige el compromiso de resolver los conflictos a través
del diálogo, y no por medio de la violencia. La violencia
desata una espiral de resentimientos y venganzas que destruye
la convivencia, y, puesto que los conflictos de intereses
y los malentendidos son inevitables en la vida cotidiana,
el diálogo se convierte en el instrumento idóneo
para llevar a cabo el proceso de restauración de la
convivencia pacífica. Para ello, el diálogo
ha de ser abierto a todos los afectados por el conflicto en
cuestión, o por las decisiones que se vayan a tomar.
En el transcurso del mismo se deberían respetar las
reglas de juego del diálogo serio, de modo que todos
los dialogantes tuviesen las mismas oportunidades de exponer
su punto de vista.
En resumen, una convivencia que merezca ese nombre no puede
existir si no se toman en serio, como mínimo, los valores
propios de la ética cívica básica: la
libertad responsable, la igualdad, la solidaridad, el respeto
activo y la actitud de diálogo. Esos valores básicos
forman en conjunto una peculiar idea del valor justicia. La
justicia social puede entenderse como el valor resultante
del compromiso con esos otros valores más básicos,
de manera que la sociedad será más o menos justa
en la medida en que no descuide ninguno de tales valores sino
que los refuerce en la práctica cotidiana.
La gestión del pluralismo exige que el propio pluralismo
pueda mantenerse a lo largo del tiempo y no sea eliminado
por las amenazas totalitarias procedentes de cualquier grupo
ideológico que pueda caer en la tentación de
imponerse por la fuerza a toda la sociedad. Por esa razón,
no puede mantenerse la convivencia y el pluralismo si quienes
forman parte del sistema social no se comprometen seriamente
con los valores de una ética cívica compartida.
Tal ética cívica compartida no es una ideología
más, sino más bien un núcleo de valores
en los que coinciden diversas ideologías. Unos valores
que son patrimonio de todos y no son propiedad exclusiva de
nadie. Pero, precisamente porque la ética cívica
básica no es una más de las ideologías
que componen el pluralismo social, el único modo en
que puede subsistir la ética cívica consiste
en que los grupos que sostienen cada una de las ideologías
rivales se comprometan a potenciarla desde su propio punto
de vista. Los grupos ideológicos rivales deberían
ser conscientes de lo importante que es la tarea de mantener
y desarrollar el propio marco de convivencia pacífica
plural en el que se mueven. En consecuencia, si cada grupo
descuida el compromiso interno con los valores que hacen posible
el pluralismo, la ética cívica languidece y
corre el riesgo de desaparecer, poniendo en grave peligro
la propia convivencia en el respeto a las diferencias.
Véase también: Amistad, Conflictos
interpersonales, Democracia, Educación para la convivencia,
Valores.
Convivencia
I
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| Bibliografía:
BARBER, Benjamín R. (2000), Un lugar para
todos. Cómo fortalecer la democracia y la,
sociedad civil. Barcelona, Paidós.
BARRY, Brian (1997), La justicia como imparcialidad.
Barcelona, Paidós.
CORTINA, Adela (1997), Ciudadanos del mundo. Hacia
una teoría de la ciudadanía. Madrid,
Alianza.
—, (1998) Hasta un pueblo de demonios. Ética
pública y sociedad. Madrid, Taurus.
—, (1999) Los ciudadanos como protagonistas.
Barcelona, Círculo de lectores/Galaxia Gutemberg.
MARTÍNEZ NAVARRO, Emilio (1999), Solidaridad
liberal: la propuesta de John Rawls. Granada,
Comares.
EMILIO MARTÍNEZ NAVARRO
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